shabunda:
CAMERUN (19 de abril)
Según las estimaciones, la producción de cereales de 1998 estará en torno a la media. Los precios de los alimentos bajaron después de la cosecha y la situación de los suministros de alimentos es satisfactoria. Al final de marzo, tras la erupción del monte Camerún, a 60 km al este de Douala, la población huyó a Douala y Limbre, pero la situación ya se ha normalizado. Es probable que haya dificultades de suministro de alimentos en las zonas septentrionales afectadas por las malas cosechas obtenidas. En 1998, una operación de urgencia del PMA proporcionó 6 000 toneladas de alimentos de socorro para 210 000 personas del extremo norte. Otra operación de urgencia que durará seis meses permitirá distribuir 9 500 toneladas de alimentos a 660 000 personas en el norte (el 10 por ciento) y en el extremo norte (el 90 por ciento).
CONGO, REPUBLICA DEL (6 de abril)
Los abastecimientos de electricidad y agua han sido parcialmente restaurados en los distritos de Bacongo y Makelekele, en el sur de Brazzaville, abandonados por una población estimada de 200 000 habitantes cuando comenzaron las hostilidades en diciembre de 1998. Sin embargo, los mercados y otros servicios básicos siguen cerrados. A mediados de marzo, había alrededor de 25 000 personas desplazadas del sur de Brazzaville en 18 centros del norte de Brazzaville. Todavía no han sido autorizados oficialmente a radicarse en Bacongo y Makelekele, aunque algunos se han reasentado en sus hogares. Algunas de las casi 100 000 personas desplazadas que huyeron de la ciudad meridional de Dolisie debido a las hostilidades entre las fuerzas gubernamentales y los grupos guerrilleros han comenzado a volver a sus hogares. Prosiguen los enfrentamientos en la región de Pool, adonde huyeron unos 120 000 residentes de Brazzaville en diciembre.
CONGO, REPUBLICA DEMOCRATICA DEL* (6 de abril)
Según la última actualización de las Naciones Unidas, el número de las personas desplazadas en el interior (PDI) de la RDC se calcula ahora en 467 000. En la provincia de Katanga, se calculan en 40 000 las PDI dispersas en el oeste de Manono, mientras que unos 50 000 residentes de los distritos de Tchuapa y Ubangi, en la provincia de Equateur, huyeron de las hostilidades que se reanudaron en los últimos días de marzo, y se cree que están escondidos en las selvas vecinas. Alrededor de 20 000 personas desplazadas estaban quedando con familias anfitrionas en las zonas de Kabare/Kalehe de Kivu Sur, mientras que la actividad militar ha provocado un continuo desplazamiento de la población en el eje de la provincia formado por Walungu-Mwenga-Shabunda. Según los informes, muchas personas desplazadas estaban llegando a Idjwi.
En Kivu norte, la población del distrito de Masisi está volviendo después de ocho meses de desplazamiento. Sin embargo, las frecuentes incursiones de los guerrilleros de Interahamwe continúan desplazando a un número considerable de personas de las zonas rurales de Rutshuru-Kanyabayonga. En las provincias de Maniema y Kasai Oriental han habido últimamente otros desplazamientos de población. Según informes, en las zonas de Uvira y Fizi de Kivu Sur, hay tensiones entre la población local y la de Banyamulenge, en la meseta alta y media. Una misión de la FAO realizada en el norte y sur de Kivu estimó que 240 000 familias (1,2 millones de personas) han resultado afectadas por los últimos disturbios civiles.
En Kinshasa, la situación del suministro de alimentos es difícil y los precios de los productos alimenticios básicos han subido de forma pronunciada, principalmente después del aumento grande que sufrieron los precios del combustible. Las tres provincias que tradicionalmente abastecen de alimentos a Kinshasa están sobreexplotadas debido al efecto de la guerra, y se corre el riesgo de que las existencias se agoten. En la provincia de Equateur ha disminuido la producción de alimentos, mientras que la inseguridad y otros factores han limitado el transporte de productos a la capital. Análogamente, la guerra trastornó la temporada A de 1998/99 en la provincia de Bas-Congo y han aumentado las exportaciones a Brazzaville de productos locales. Bandundu, la única fuente de alimentos de la población de Kinshasa cuya producción agrícola siguió funcionando a pleno, ahora está satisfaciendo también las peticiones de las provincias de Kasai, pero no se sabe hasta cuándo la provincia podrá enviar a la capital cantidades suficientes. Es posible que la situación induzca a los agricultores de las provincias productoras de alimentos a vender todas sus existencias sin conservar para sí las cantidades necesarias para el consumo ni semillas suficientes para la próxima temporada. Entre tanto, después de la aplicación del reciente reglamento cambiario han disminuido los productos importados, lo cual ha influido negativamente en la seguridad alimentaria.
GABON (6 de abril)
Los productos alimenticios básicos son la yuca y los plátanos, cuya producción se calcula en alrededor de 330 000 toneladas. El país importa la mayor parte de los cereales que necesita para el consumo, calculados en torno a las 85 000 toneladas en 1999, que se compran comercialmente.
GUINEA ECUATORIAL (6 de abril)
Además de los cultivos alimentarios básicos de las batatas, la yuca y los plátanos, la necesidad de importación anual de cereales es de alrededor de 10 000 toneladas. La necesidad de ayuda alimentaria en 1999 (enero/diciembre) se calcula en 2 000 toneladas de trigo y arroz.
REPUBLICA CENTROAFRICANA (6 de abril)
Gracias a unas precipitaciones satisfactorias, al final de 1998 se recogió una cosecha favorable de cereales. La situación de los suministros alimentarios es satisfactoria. Para la campaña comercial de 1999 (enero/diciembre), la necesidad de importación de cereales se estima en 34 000 toneladas, principalmente trigo. Alrededor de 7 500 refugiados pasaron a Bangui después que comenzaron las hostilidades en la provincia Equateur de la RDC en diciembre de 1998 y enero de 1999.
miércoles, 4 de junio de 2008

El dia domingo de junio se realizo una tombola para los mas nesecitados de shabunda, en cada peresona habia un sentimiento de ayudar ,el dia domingo hicimos avtividades como:
-la elaboracion de unos exquisitos platos típicos
-venta de refresco
-la rifa del fe y alegria para ayudar a shabunda
Tambien asistimos con muchos juegos como el juego del cuy , en la que consistia en que un cuy se metiera a una caja y al ganador se le diera un diverso premio .También el juego del tumbalatas el que consistia en tratar de tumbar el mayor número de latas con su respectivo premio.El juego de los peces en la que trataba de sacar el mayor número de peces de una determinado tanque de agua
Cada persona que habia asistido se habia alegrado mucho pero sin olvidar el fin de esta fiesta yo me senti muy alegre al haber colaborado con un poco Mi asi que aprobechamos la oportunidad que Dios nos habia dado para ayudar .Tenemos en cuenta la pobresa de esta ciudad asi que teniamos que hacer cada una o uno colaboro con un poco de su esfuerzo unos mas que otros pero el fin fue el de ayudar a esta ciudad ,ayudar a esos niños , ayudar a cada persona de esa localida ,teniendo en cuenta lo que tenemos y lo que no tienen ellos tengo un profundo placer por ayudar alos demas asi que lo único que puedo hacer es dar GRACIAS.

Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás noShavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás noShavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Shavunda
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría."Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva."Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico."La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice ‘Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado."Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca."A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos."He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.Pero Kinyama está preocupada.Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado."No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
